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"La vida se crea en el delirio y se deshace en el hastío".

"Los instantes se siguen los unos a los otros: nada les presta la ilusión de un contenido o la apariencia de una significación; se desenvuelven; su curso no es el nuestro; contemplamos su fluir, prisioneros de una percepción estúpida. El vacío del corazón ante el vacío del tiempo: dos espejos reflejando cara a cara su ausencia, una misma imagen de nulidad... Como bajo el efecto de un alelamiento pensativo, todo se nivela: no más cumbres, no más abismos... ¿Dónde descubrir la poesía de las mentiras, el aguijón de un enigma?

Quien no conoce el aburrimiento se encuentra todavía en la infancia del mundo, cuando las edades esperaban aún para nacer; permanece cerrado a este tiempo fatigado que se sobrevive, que ríe de sus dimensiones y sucumbe en el umbral de su mismo... porvenir, arrastrando con él a la materia, ascendida súbitamente a un lirismo de negación. El aburrimiento es el eco en nosotros del tiempo que se desgarra..., la revelación del vacío, el cese de ese delirio que sostiene -o inventa- la vida...

Creador de valores, el hombre es el ser delirante por excelencia, presa de la creencia de que algo existe, mientras que le basta retener su aliento: todo se detiene; suspender sus emociones: nada se estremece ya; suprimir sus caprichos: todo se hace opaco. La realidad es una creación de nuestros excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desarreglos. Un freno en nuestras palpitaciones: el curso del mundo se hace más lento; sin nuestros ardores, el espacio es de hielo. El tiempo mismo no transcurre más que porque nuestros deseos engendran este universo ornamental que desnudaría un ápice de lucidez. Una pizca de clarividencia nos reduce a nuestra condición primordial: la desnudez; un punto de ironía nos desviste de ese disfraz de esperanzas que nos permiten engañarnos e imaginar la ilusión: todo camino contrario lleva fuera de la vida. El hastío no es más que el comienzo de este itinerario... Nos hace sentir el tiempo demasiado largo, inapto a revelarnos un fin. Separados de todo objeto, no teniendo nada que asimilar del exterior, nos destruimos a cámara lenta, puesto que el futuro ha dejado de ofrecernos una razón de ser.

El hastío nos revela una eternidad que no es la superación del tiempo, sino su ruina; es el infinito de las almas podridas por la falta de supersticiones: un absoluto chato donde nada impide a las cosas girar en redondo en busca de su propia caída.

La vida se crea en el delirio y se deshace en el hastío.

(Quien padece un mal caracterizado no tiene el derecho de quejarse: tiene una ocupación. Los grandes dolientes no se aburren jamás: la enfermedad les llena, como el remordimiento alimenta a los grandes culpables. Pues todo sufrimiento intenso suscita un simulacro de plenitud y propone a la conciencia una realidad terrible, que esta no sabría eludir; mientras que el sufrimiento sin objeto en ese luto temporal que es el hastío no opone a la conciencia nada que la obligue a una gestión fructuosa. ¿Cómo curar de un mal no localizado y supremamente impreciso, que aqueja al cuerpo sin dejar huella en él, que se insinúa en el alma sin marcarla con ninguna señal? Se parece a una enfermedad a la que hubiéramos sobrevivido, pero que hubiera absorvido nuestras posibilidades, nuestras reservas de atención y nos hubiera dejado impotentes para llenar el vacío que sigue a la desaparición de nuestros horrores y al desvanecimiento de nuestros tormentos. El infierno es un refugio comparado con ese destierro en el tiempo, con esa languidez vacía y postrada donde nada nos detiene sino el espectáculo del universo que se caería bajo nuestras miradas.

¿Que terapéutica emplear contra una enfermedad que no recordamos y cuyas consecuencias infieren en nuestros días? ¿Cómo inventar un remedio a la existencia, como concluir esa curación sin fin? Y ¿cómo reponerse del nacimiento?

El hastío, esa convalecencia incurable...)"

E. M. Ciorán
Breviario de podredumbre
Ed. Taurus, Madrid, 1992, pp. 30-31