LOS ATAQUES DE PÁNICO

El otro día recibí el siguiente correo electrónico:

"Soy profesora de historia y en los últimos dos meses he sufrido tres ataques de pánico mientras daba clases, y uno estando en casa, por la noche. La sensación es de una muerte inminente, imposibilidad de respirar ni por la boca ni por la nariz, y necesidad compulsiva de caminar o evitar estar quieta, se acompaña de vértigo. La primera vez me internaron en un hospital tres días con tratamiento de vértigo (Dogmatil y Torecán). La segunda vez, anularon ese tratamiento y me dieron una pastilla diaria, por la noche, de Lexatín. En cuanto noto que el ataque se aproxima, desarrollo una ansiedad anticipada y tomo un lexatín. Jamás he excedido dos diarios. En treinta minutos el ataque remite y es sustituido por una fatiga exagerada. Creo que me estoy volviendo loca y temo quedar incapacitada para desarrollar con normalidad mi trabajo. Tengo un hijo pequeño. Aunque cuando estoy con él no paro físicamente, jamás me ha ocurrido ninguna sensación parecida a la que les describo. Todo lo demás me da miedo. No pienso en el suicidio. Pero sí mucho en la muerte, de diversas maneras. De algún modo, me gustaría desaparecer, salir de mi propio cerebro y descansar por fin, pero sé que no soy suicida. No sé si debo ir al psiquiatra o esperar un tiempo más."

Paloma, que así se llamaba la persona que me lo envió, ya había identificado su problema: ataques de pánico (traducción del inglés panic attack), un trastorno también denominado crisis de angustia. El ataque de pánico es un estado natural que el cuerpo puede sufrir cuando la persona se encuentra ante un peligro de muerte. Sólo que en casos como el de Paloma, los ataques se desencadenan fuera de tiempo y sin pretexto aparente.

Según el Manual de Enfermedades Mentales (DSM-IV-TR) -que es una clasificación de este tipo de enfermedades elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría, utilizado habitualmente por los psicólogos y psiquiatras para establecer sus diagnósticos-, los ataques de pánico son un trastorno caracterizado por la "aparición temporal y aislada de miedo o malestar intensos, acompañada de cuatro (o más) de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros diez minutos:

- palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardiaca
- sudoración
- temblores o sacudidas
- sensación de ahogo o falta de aliento
- sensación de atragantarse
- opresión o malestar torácico
- náuseas o molestias abdominales
- inestabilidad, mareo o desmayo
- desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo)
- miedo a perder el control o volverse loco
- miedo a morir
- parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo)
- escalofríos o sofocaciones".

Hace pocos días, hablando con uno de mis pacientes, me decía: "yo no sé si alguna vez tú hayas sentido un ataque de pánico, pero si no, te voy a decir que es como si te estuvieras muriendo, sólo que la muerte nunca llega para liberarte... sólo te quedas en la agonía que se prolonga en todo su horror".

Como Paloma, la persona que sufre un ataque de pánico por primera vez, casi siempre termina en el hospital, pues las sensaciones son tan fuertes y reales que uno cree verdaderamente que se va a morir. Afortunadamente, esto no ha sucedido en ninguno de los casos en los que se diagnostica finalmente dicha enfermedad. Sin embargo, una vez que ha sufrido la primera crisis, la persona comienza a tener un miedo terrible a que le vuelva a suceder (miedo al miedo), algo que además suele ocurrir insospechadamente en cualquier momento o situación.

Es por ello que los ataques de pánico resultan muy incapacitantes: el temor y la inseguridad limitan mucho los movimientos. Hay personas que llegan a quedarse en casa sin salir, haciéndolo exclusivamente acompañadas y solamente cuando es imprescindible. Y, a menudo, se desarrollan fobias específicas, evitando las situaciones concretas en las que se sufren los ataques: en el ascensor, conduciendo, en el avión...

Paloma dudaba en su correo electrónico sobre qué debería hacer. Pues bien, una vez descartadas las enfermedades de carácter orgánico (en particular trastornos endocrinos, circulatorios, dificultades de tensión arterial, etc.), conviene consultar cuanto antes con un especialista, psicólogo o psiquiatra. El tratamiento precoz es muy importante y determina en gran medida el pronóstico favorable de la enfermedad. Dicho especialista valorará la conveniencia de prescribir algún medicamento y, sobre todo, puede ayudar a:

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revisar las costumbres, cuáles son los hábitos y las circunstancias de vida que pueden estar influyendo e incluso estar en el origen de la enfermedad (trabajo y descanso, alimentación, ejercicio, diversión...)
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evitar los pensamientos anticipatorios, que son la causa más importante del mantenimiento y aumento de la ansiedad
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llegar al convencimiento de que, a pesar de los síntomas, no se va a producir la muerte, es sólo miedo
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aprender técnicas de relajación y de control de la respiración
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desarrollar una vida normal, sin dejar de realizar ninguna de las actividades habituales o que hasta ahora resultaban necesarias, o bien placenteras.

 

Los ataques de pánico afectan a muchas personas, estadísticamente más a las mujeres que a los hombres. Suelen comenzar más allá de los 25 años y son la causa de mucho sufrimiento y, sobre todo, de una minusvalía personal y social creciente que impide a las personas realizarse y ser felices. Sin embargo, es una enfermedad que puede superarse. Lo importante, como casi siempre ocurre con los problemas que nos afectan, es tomar la decisión de afrontarla solicitando ayuda.

Pedro J. de Haro
Psicólogo y psicoterapeuta
Director de Psicomed

 

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